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Por Anila Rindlisbacher
Se excedió Doña Mandieta…
Los Mandieta, eran una familia que no sabía medirse en casi nada, y por ende, caían con frecuencia en algunos excesos.

Exceso de hijos, eran doce hermanos; exceso de libertad, Don Mandieta tenía la costumbre de moverse libremente desnudo por su casa y hasta atendía la carnicería con un delantal como único atuendo, sin llevar nada abajo, para espanto de las clientas;
exceso de alcohol, en algunas oportunidades gustaba de beber un poco más de la cuenta y salía a dar vueltas en la F100 por la avenida principal del pueblo a gran velocidad, haciendo sonar un chamamé que se escuchaba hasta diez cuadras a la redonda y pegando unos sapucay en cada esquina, como anunciando que iba a cruzar la calle, en vez de tocar bocina o hacer seña de luces.

Ellos se movían en el pueblo, como lo hacían allá en el campo; donde los espacios son amplios y casi no hay reglas de convivencia entre los vecinos, porque una casa está alejada de la otra por cientos de hectáreas. Entonces nadie se entera qué pasa de un rancho a otro.

A Doña Mandieta, como a todos en la familia, le gustaba disfrutar de grandes asados de carnes de vaca, cordero, ternero; animales que eran degollados colgados de una soga patas para abajo a sangre fría en el patio trasero de la casa. Allí había también una mesada: un tablón con caballetes, que era donde envasaban ellos mismos, las morcillas y los chorizos. Debido al gran calor, en ocasiones, Don Mandieta se sentaba desnudo en un extremo del tablón y ponía manos a la obra después de haberse refrescado con un balde de agua por la cabeza para apaciguar los 39 grados que solía hacer y que se sentían aún más debido a la chapa de zinc del techo del tinglado donde estaba la mesa de trabajo.

Además de los asados a la Doña también le gustaba mucho la sandía, sobre todo en verano. Solía colocar dos o tres en la heladera de la carnicería para comerlas después de una siesta reparadora.

Una tarde se sentó bajo el paraíso, en la vereda de su casa, con una rodaja de sandía bien fría y un cuchillo para ir comiendo de a trocitos. Cuando terminó la primera rodaja, se volvió a servir, estaba tan sabrosa y fresca…

Despacito y sin darse cuenta, se comió una sandia entera, que en el primer momento, sólo la hizo sentir un poco llena: pero luego empezó a ponerse colorada, se hinchó, no podía respirar y empezó a despedir una espuma blanca por la boca. Justo en ese momento llegó José, que venía a visitar a la Aurelia, y gracias a que le hizo respiración boca a boca, la Doña no estiró la pata ahí mismo.

Cuando la Aurelia salio a la vereda y vio a José tirado sobre su madre besándola en la boca, agarró una escoba y empezó a darle escobazos por el lomo, hasta que el pobre José golpeado y todo babeado, pudo explicarle que estaba tratando de salvar la vida de la Doña.

Aclarada la situación, rápidamente la subieron a la camioneta y la llevaron hasta el hospital.

Cuando el médico la revisó, se dio cuenta que había tenido un ataque de presión alta, lo que le produjo un derrame cerebral. Así que la trasladaron a un sanatorio donde había equipos más modernos y lograron estabilizarla luego de varios días de terapia intensiva.

Doña Mandieta se salvó de la muerte por casualidad, y gracias a la astucia de José. La pobre quedó con algunas secuelas, pero finalmente regresó a su casa, aunque en silla de ruedas, y con cierta dificultad en el habla, que fue mejorando con el correr de los meses.

Hoy sólo usa un bastón, porque superó muy bien el problema, pero cada vez que quiere comer sandía, la Aurelia la supervisa y no le permita más que una pequeña rodaja. Y el José, por las dudas, no pasa más de medio día a visitar a su novia, pues el sabor amargo de la baba espumosa de Doña Mandieta le quedó impregnado en la boca y encima aún no se recupera de las marcas de los escobazos.

Ilustración: El tole




Martes, 31 de enero de 2012

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